A vueltas con la manida patologización

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

En Julio del 2020, el diario El Confidencial publica un fantástico reportaje sobre el trastorno de identidad de la integridad corporal o BIID (sigla de Body Integrity Identity Disorder), de obligada lectura para entender lo que sigue.

Se podría resumir, con ambición de lealtad textual, que un número sin determinar aún de personas, unas mil, se calcula, según el reportaje, sufren este trastorno neurológico que les provoca el rechazo de su propio cuerpo, más concretamente, una parte de éste, llegando a obsesionarse con la amputación de un miembro. Según el reportaje, se plantea el debate de “ayudar” a estas personas ofreciendo la amputación de manera segura en hospitales para evitar horribles e insanas automutilaciones.

Muchas ya habíamos oído hablar de este trastorno, que ha sido reflejado en la ficción tanto literaria como cinematográfica en diversas ocasiones, pero llama ahora la atención si lo relacionamos con la tan en voga “disforia sexual”. Es muy fácil ver las analogías entre el trastorno de identidad de integridad corporal y la disforia sexual: rechazan su realidad biológica.

El problema es que la transexualidad se ve contaminada por un travestismo milenario derivado de la doble censura de rechazo a la homosexualidad: la propia y la social. Todo ello aliñado con el dislate de Butler y su escuela proporciona este cóctel Molotov que está sufriendo el Movimiento Feminista y que puede destruir muchos de sus logros.

Quizá, las feministas a quienes nos gusta apellidarnos radicales deberíamos hacer honor a nuestro nombre y buscar la raíz del problema: la consideración de la transexualidad como una parte de nuestra naturaleza y su inclusión entre las diversidades sexuales. Deberíamos preguntarnos por qué esa insistencia en la “despatologización” y asociarlo a otras peticiones no tan aceptadas socialmente, como los colectivos de anoréxicas que hace décadas también piden la despatologización, lo cual se puede comprobar en la existencia de webs de las imágenes, o los BIID a los que se refiere el reportaje.

Las dos primeras imágenes (arriba) son de la web Princess Ana & Mia. La tercera (abajo, izquierda), de la web Pro Ana y pro Mia. La cuarta (abajo, derecha) de la web ~Pro-Ana y Pro-Mia~ perfección es la meta.

Si, desde una parte del feminismo, no hubiéramos tolerado e incluso aplaudido (y aún lo seguimos haciendo) el sinsentido que es que los trastornos se normalicen y que se hagan pasar por una suerte de diversidad, no estaríamos en esta lucha por sostener los espacios que tanto nos ha costado ganar

Las consecuencias de no enfrentarse desde el inicio de su incursión a esa mirada patriarcal-capitalista de los trastornos mentales y de no dejar bien claro qué hay realmente detrás de que un niño o una adolescente rechacen su propio cuerpo y quieran mutilarse y medicarse estando sanos no solo afectan a las mujeres, sino también a las propias víctimas de esos trastornos, que no serán tratadas adecuadamente ni verán sus problemas realmente solucionados.

Resulta, como poco, llamativo, que, en una sociedad patriarcal, donde ser mujer o ser hombre implica una serie de estereotipos sexistas (que algunas escuelas han venido a englobar en la etiqueta de género), los cuales, además, suponen violencia y opresión para nosotras, no se haya tenido en cuenta este factor social tan poderoso en el diagnóstico y tratamiento de pacientes con un trastorno de la personalidad que les hace rechazar su propio cuerpo y su propia realidad biológica. La mal llamada, al entender de muchas, “disforia sexual” se presenta como una suerte de cajón de sastre, consecuencia de una mala interpretación de ciertas circunstancias que arrastramos desde los años sesenta-setenta, que oculta, en numerosas ocasiones, un Síndrome de Estrés Postraumático consecuencia de experiencias que van desde los malos tratos a los abusos sexuales, por poner algunos ejemplos.

Sin entrar en estas letras en qué intereses hay detrás de esa curiosa necesidad de convertir en algo natural tal desorden, a lo que se dedican otros espacios, en la misma web donde se están leyendo estas líneas (Ruta del dinero), pensamos y defendemos que la raíz del problema sigue siendo el Patriarcado, personado esta vez en el transactivismo generista queer desde hace décadas, que ya nos introdujo su primer virus social en el 2007 cuando se aprueba la Ley 3/2007, de 15 de marzo, reguladora de la rectificación registral de la mención relativa al sexo de las personas sin pasar siquiera por aprobación parlamentaria (el tipo de ley así lo permite).

Consecuentemente, las feministas hemos de luchar contra esa petición de despatologización de la transexualidad y orientar retroactivamente nuestra lucha, exigiendo la derogación de la Ley 3/2007 de 15 de marzo, así como invertir energías y peticiones en la vuelta a la racionalidad científica y la seriedad epistemológica y metodológica en el tratamiento de los desórdenes neurológicos y psicológicos. Dejémonos de jardinerías podadoras de ramas y arranquemos la raíz de una vez.

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