La identidad como moda: el último logro del capitalismo

Comienzo así el texto porque creo que es el concepto “moda” justo el meollo del asunto. Si ya la moda antes, nos hacía comprar cosas que ni necesitamos, ni tan siquiera nos favorecen (se te viene algo a la cabeza seguro), actualmente el concepto ha traspasado con triple salto mortal lo circunscrito al campo de los “trapos” para adentrarse y quedarse sujeto como una garrapata a las personalidades, los sentires y las identidades.  

Ya no te vale con vestir de una manera, con escuchar cierta música, con identificarte con una tribu urbana (esto es muy de los noventa). Ahora debes “tener un género”, “ser un género” y “sentirte un género”, y eso que, a veces, lo has de tener negando tenerlo, o sentirlo sin sentirlo y hasta pudiendo ser uno solo pero cambiante. 

No lo tiene claro ni quien lo promulga, pues suelen caer en continuas contradicciones culturales, biológicas y existenciales (como eso de no ser binario pero ser trans.). Un disparate, ¿verdad? Solo así, en los círculos más modernos, transgresores y “progres” se puede ser alguien. No alguien cualquiera: un ser especial, único y, por lo tanto, a la moda. Alguien debería apostillar que llevamos desde el inicio de nuestra especie siendo únicos y diferentes, unos y otras a los unos y a las otras. Que somos más que un sentir que nos vincule con unos deseos, que somos seres complejos, poliédricos, cambiantes y con una esencia a la vez única y especial.

Pensar que solo así, con esto del género pasado de rosca, somos capaces de diferenciarnos del resto es borrar de un plumazo el 99,9 por ciento de nuestra existencia sobre la faz de la tierra, y si seguimos aquí 400 mil años después, tanta falta esto de los sentires no nos hará.

Como antes, los hombres eran los que llevaban pelo largo (pelucas) y medias. De hecho, el rey Sol (Luis XIV) puso de moda los tacones para hombre, el baile era una demostración de cultura, de estética, más bien, y fue un gran bailarín de ballet de su época. Con el paso del tiempo, hemos comprobado como esto ha pasado a ser feminizado, lo que demuestra que las modas son cambiantes, y es absurdo esencializarlas y vincularlas inherentemente al sexo, porque como construcción cultural cambian, mientras que el sexo permanece.

Las modas existen para que las gastemos. Para que gastemos. No hay más. Por eso son cambiantes. Y, por eso, muchas veces, son absurdas.

Que la moda del generismo queer explote justo ahora no es casualidad. El feminismo ha logrado maravillas en estos últimos años en gran parte de las democracias europeas. Mujeres con derechos civiles y sociales plenos, judiciales, laborales (otra cosa es que se cumplan, pero sobre el papel, están). Mujeres que pueden comenzar a independizarse, vivir sus vidas de manera plena, uniéndose en la colectividad sorora para no dejar de avanzar.

Aún, no hemos logrado la abolición de la prostitución, pornografía, explotación reproductiva y género.

Para el capital, pocas cosas pueden ser peor que eso: una mujer libre, segura e independiente…. ¿Es esta mujer un ser consumista? No. Es un ser que al quererse y aceptarse deja de obedecer cánones, de seguir normativas patriarcales, de tener que ponerse tacones u obsesionarse con las arrugas. El capitalismo hace ya muchos años que tiene un filón en nuestros complejos. Inseguridades que además no solo hacemos nuestras, sino que sin darnos cuenta pasamos a las siguientes generaciones.

Capital, moda, ideología queer. No es nada difícil ver los intereses que  unen a estos tres o más bien ver que son padre y criaturas, la queer el último bebé.

Es evidente el vínculo entre el capitalismo y lo queer: la prevalencia del individualismo atroz que fomenta el sistema y la desarticulación del feminismo a través de este.

Si las mujeres dejasen de servir al capital,  no se aseguraría que las nuevas generaciones sientan que solo son libres en una manera de vivir que el capital dicta, ordena, ajusta e inventa. Hasta ahora, le ha servido, ¿por qué cambiar el plan? Si hasta ahora no le va nada mal, tiene hordas de gente joven, y no tan joven, pero bastante obtusa o narcisista, asegurándose una personalidad nueva, cambiante, dictada, con todos sus accesorios y haciéndole la lucha sucia: terminar de paso, como sea y donde sea, con quien se ha atrevido a levantarse contra mí y buscar la verdadera libertad: aquella que no lleva etiquetas.

Esas que defendemos un mundo sin etiquetas, el libre desarrollo de la personalidad, somos las feministas. El género lo forman esos moldes, esas hormas en las que quieren encajarnos, que en el caso de las mujeres se convierten en corsés que nos dejan sin aire, porque nos oprime.

Alma García Psicopedagoga

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