“Procustianismo” y sexualidad humana

Por Bruxabona (@Bruxabonanieta)

En “La vida contada por un sapiens a un neandertal”, explica Juan José Millás en primera persona cómo Juan Luis Arsuaga, premio Príncipe de Asturias, defiende viejas teorías antropológicas patriarcales desfasadas sobre la división del trabajo en épocas anteriores al inicio del Patriarcado, dejando esa puerta abierta al carácter “natural” de la desigualdad. La búsqueda de justificación a lo injustificable era el mal común de la mirada androcentrista de los estudios antropológicos que, afortunadamente, llevan décadas siendo desmentidos por aportaciones feministas.

Esta tónica acompaña, cómo no, a todo lo que tenga que ver con el estudio de la sexualidad y la biología humana. Por ejemplo, si algo no tolera el patriarcado, desde esa mirada androcentrista, es que las mujeres separaremos placer sexual o afectividad sexual de reproducción. La reproducción es para el feminismo materialista la base y causa de nuestra opresión y guía todo el engranaje social patriarcal. 

Pero no solo eso, sino que también de esas premisas nace el rechazo a la homosexualidad en muchas civilizaciones y culturas. En este sentido, además, se inscribe el curioso caso de la Antigua Grecia, donde la homosexualidad masculina era aceptada en la aristocracia e incluso estimada (recordemos a Platón), cosa que no ocurría con la femenina. La razón de este rechazo generalizado a la homosexualidad es porque atenta contra los principios básicos del patriarcado que convierte las relaciones sexuales en una herramienta de dominación reproductiva contra las mujeres, se resistan o no.

Esa mirada androcentrista ha gobernado todos los estudios antropológicos que insisten en justificar las tremendas desigualdades que imperan en todas las relaciones entre hombres y mujeres en nuestra sociedad. Los diversos saberes precientíficos reforzaban todas estas teorías que relegaban a las mujeres a una serie de actividades, una personalidad y unas características definidas y conectadas con su capacidad reproductiva y a los hombres los definían según otras cualidades que les construyeron un carácter opresor.

En este páramo de objetividad navegaron las diferentes sexualidades alternativas perseguidas por ese patriarcado que no permitía a las mujeres ninguna sexualidad que no estuviera asociada a la reproducción. En todos los milenios que dura, el patriarcado reinventó estas formas de “ser hombre” y de “ser mujer” de mil maneras para salvaguardar tanto sus vidas como sus tendencias. Una de esas formas viene siendo el travestismo al que se han visto obligadas infinidad de personas a lo largo de la historia para poder vivir su sexualidad en paz. Recordemos, por ejemplo, la conocida y hermosa historia de Elisa y Marcela, que nos regalaron hace más de cien años el primer matrimonio homosexual en España. Se multiplican los casos a lo largo de los siglos y en las diferentes culturas de hombres o mujeres que dicen pertenecer a un sexo diferente al que tienen, para poder vivir su sexualidad sin ser descubierta, como le ocurrió a Elisa. En la India, llegan a organizarse como un grupo religioso para librar la condena a la homosexualidad e inventan un tercer género en el que se refugian los hombres homosexuales perseguidos históricamente en ese país. En Irán las personas homosexuales son condenadas a lapidación, con una diferencia: a los hombres homosexuales se les da la oportunidad de modificar su cuerpo mediante cirugía estética y hormonación (transexualidad); mientras que, ninguna alternativa dan a las mujeres homosexuales.El patriarcado, a lo largo de la historia, ha sido más permisivo con el travestismo y la adopción de roles esterotipados del sexo contrario que con la homosexualidad, ya que esta opción atenta menos contra sus principios, de ahí que haya sido siempre la vía de escape en muchas culturas y civilizaciones para los hombres homosexuales.

Ya entrado el siglo XX, en plena ebullición de la nueva comunicación global que suponían prensa, televisión, etc., los mass media más sensacionalistas inundaban sus páginas con supuestos hermafroditas que terminaban siendo desmentidos por la ciencia ya suficientemente avanzada para ello. Unido esto a la mayor aceptación social de la homosexualidad, la mayor parte de los casos acaban en el oscuro rincón del olvido de la opinión pública sin más bombo ni platillo. 

En el último siglo, los avances científicos en genética aclararon conceptos que antes podían ser invalidados por estas manifestaciones que surgían, casi siempre, en lugares donde más se perseguía la homosexualidad. La composición cromosómica no deja lugar a dudas: en un 99%, o más, la base genética de los seres humanos es XX o XY. 

Es cierto que existen algunos trastornos genéticos en los seres humanos que tienen que ver con alguna alteración cromosómica: síndrome de Down (causado por una copia extra del cromosoma 21), síndrome de Klinefelter (mutación cromosómica que afecta a hombres y que se origina por la existencia de dos cromosomas X y un cromosoma Y), síndrome de Turner (afección genética rara, que afecta únicamente a las mujeres, provocada por la ausencia total o parcial de un cromosoma X), síndrome de Martin-Bell, entre otras. Estas personas sufren una discapacidad intelectual en diferentes grados según sea el caso, pero siempre tendrán una fuerte demanda de tutela social y necesitan ser protegidas y discriminadas positivamente por las dificultades que tendrán toda la vida debida a su falta de autonomía. Sus alteraciones genéticas no afectan a su sexualidad en ningún caso.

Lo que nunca ha encontrado la ciencia es un trastorno genético que provoque órganos reproductores funcionales de ambos sexos en la misma persona, lo que se conoce tradicionalmente como hermafroditismo y que desde algunas teorías rayanas a lo queer se vende como una suerte de intersexualidad. No hay ninguna evidencia científica de la existencia de mujeres con cromosomas XX que desarrollen testículos con espermatozoides y pene, ni ningún varón XY que desarrolle ovarios con óvulos, trompas y útero. Lo que sí ha ocurrido en muchas ocasiones son personas con malformaciones fetales que pueden incluir que no se desarrolle algún miembro (piernas, brazos…); que se desarrollen hipertrofias en los genitales que pueden dar lugar a genitales en niñas que puedan tener un tamaño tan grande que ocasione que se asocie a los genitales masculinos; que se desarrollen hipotrofias en niños cuyos genitales no terminan de crecer lo suficiente, por poner algunos ejemplos concretos. Estamos hablando de problemas en el desarrollo del feto asociados a mil causas (desde la ingesta de medicamentos por la madre cuando estaba embarazada hasta contaminación o radiación medioambiental) que vuelven a generar personas que podrían necesitar el amparo social por algún tipo de discapacidad consecuente de su malformación.

Resulta terriblemente alarmante que ciertos sectores de la izquierda pretendan dar carácter de opción sexual a lo que es un trastorno mental, un error genético o un problema del desarrollo del feto para justificar lo mismo de siempre: el travestismo como salida triunfal para la homosexualidad. Se ha llegado a hablar en círculos supuestamente radicales de la existencia de un número exagerado de casos de personas intersexuales, como si fuera una condición similar a la homosexualidad. La vuelta al peligroso idealismo acientífico se comporta como el Ministerio de la Verdad en la obra de Orwell, 1984, queriendo borrar las huellas de la evidencia científica.

En definitiva, podemos observar cómo el patriarcado reproduce el mito de Procusto en el estudio y análisis de las razones biológicas de nuestra sociedad, haciendo encajar como sea la realidad a sus premisas erradas.

Un comentario en ““Procustianismo” y sexualidad humana

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